Hay una expresión muy castiza para hablar de la mujer que se queda en casa, muchas veces por obligación, y se dedica únicamente a las labores del hogar y a la familia. Es una expresión negativa, porque habla no de lo que quiere la mujer sino de esa idea de opresión del no poder salir de ese rol tan añejo. En casa y con la pata quebrada. ¿Añejo? ¿De verdad?
En Japón, de forma tradicional, se ha considerado el mundo de los negocios como masculino y el hogar como femenino. Casarse, para una mujer, era absolutamente prioritario: tener una familia con descendencia, a poder ser un niño, era una obligación. Aunque ahora se han relajado mucho estas exigencias, la necesidad de casarse y la presión familiar para hacerlo siguen estando ahí. Evidentemente, en una gran ciudad la vida es mas relajada que en el campo, mucho mas tradicional, pero cuando se pasa de los 25, la presión aumenta hasta niveles asfixiantes en comparación con lo que vivimos las jóvenes españolas.
La crisis japonesa empezó en el 91 y les fue muy complicado estabilizarla: deflacción, crisis energética, burbujas que revientán y falta de liquidez. Los motivos no tienen nada que ver con la crisis que vivimos ahora, pero el resultado fue muy similar: destrucción de un gran número de puestos de trabajo y empobrecimiento de la población. Quizá nos convenga mirar que le pasó a las mujer japonesa que, como en Occidente, se empezaba a incorporar al mundo laboral con normalidad.
Japón es un país muy tradicional con una brillante pátina de occidentalización que desaparece cuando arañamos un poco con la uña. Como en Corea, las mujeres tienen tendencia a elegir estudios considerados femeninos. Como en Corea, muchas mujeres renuncian a sus puestos de trabajo al tener hijos.

¿Que se esconde detrás de esta renuncia de las japonesas? Hay varios factores. En primer lugar, la imagen de mujer delicada y a la vez abnegada sigue siendo el patrón dominante de la publicidad, las series y la comunicación en general. La presión sobre la mujer para ser el punto de armonía familiar, el reposo del guerrero, sigue siendo muy grande. Una buena esposa, hace varias décadas, iba cada día a comprar para cocinar con ingredientes frescos, algo vital en la cocina japonesa para que sea de calidad. En la mayoría de familias, la carga del hogar la lleva la mujer, con independencia de si trabaja o no. Actualmente, muchas compran comida recién hecha en las tiendas que han surgido debido a la enorme demanda. Pero muchas otras han vuelto al entorno femenino de barrio y pueden volver a ocuparse de esa comida fresca y preparada para que el marido llegue a casa y se siente a disfrutarla recién hecha.
Así que un primer motivo es la tradición: la mujer no ha dejado de ser el referente en cuanto a cuidado del hogar y de los niños. Hay muchos mas motivos, pero el segundo y el último que voy a nombrar es concluyente: muchos zaibatsu, las grandes corporaciones japonesas, proponían a los hombre un ascenso y un aumento de sueldo si su mujer abandonaba su trabajo.
Es decir, las propias empresas favorecen que la mujer vuelva al entorno femenino por excelencia: a la cocina, a su casa. Si las dificultades para encontrar trabajo para una mujer son mayores que para un hombre en Japón, una vez lo tenga hay muchas posibilidades de que renuncie para favorecer la carrera de su marido. Una realidad que no aparece en las películas ni en los anime que nos llegan a Occidente pero que es la parte de la vida cotidiana de muchas mujeres japonesas.
Y es así como las niponas vuelven a comprar fresco cada día, a mantener contento al marido, al disfrutar de libertad de todas esas horas en las que el hombre no está en casa, realidad que nos llega en versión cómica con Shin Chan, a contar el dinero que les pasa como asignación que les da el hombre y a convertise en parte de la seguridad social japonesa. Porque en Japón no hay seguridad social y las familias son el refugio de los enfermos, los viejos y los pobres. Los ancianos cada vez son mas numerosos y, sobretodo en el caso de las viudas, que siguen sin volver a casarse en su mayoría, necesitan de la familia para subsistir y son las mujeres de mediana edad las que se encargan de ellos, de los enfermos y de los niños.
A mi esta historia me suena bastante familiar. De hecho, hace meses que cada día llamo a mi pareja para preguntarle que quiere que haga de comer. Como muchas mujeres españolas, con la pérdida del trabajo o la precarización del mismo, volvemos a convertirnos en amas de casa. Eso sí, con título universitario. Como las japonesas.



