La crisis ha aumentado su número, pero hace mucho tiempo que están en las calles: personas que empujan carros de la compra, carros de supermercado, carros de cualquier tipo llenos de basura. Basura rentable, sobretodo metales, que es lo que está mejor pagado. Aunque ahora podemos ver a amas de casa, abuelos y jubilados y gente de todas las edades y nacionalidades, hubo un tiempo en que los hombres de los carros eran masculinos y estaban segredados en barrios determinados.
Para mi se hicieron visibles en Poblenou. Mi independencia monetaria y vital nació en este “barrio” barcelonés que es mas parecido a un pueblo que a una gran ciudad, a pesar del 22@. La rambla, la proximidad de la playa y el cementerio, los vecinos de toda la vida que te enseñan su casa para poder meterse en la tuya y las cajeras que se aprenden tu nombre antes de que te des cuenta se convirtieron en mi día a día. Pero también lo fueron los solares, los mini campamentos de sin techo o las naves llenas de inmigrantes. Los hombres de los carros eran casi todos senegaleses y vivían en la misma nave abandonada y medio quemada. Al menos, los que urgaban en las basuras de las calles por las que yo me movía. Contenedores muy valiosos porque es una zona con mas industria que viviendas, y la mayoría de empresas prefieren aún hoy tirar su basura industrial a los contenedores normales que pagar por llevarla a reciclar.
No sé si os habéis fijado mucho en ellos, la mayoría de la gente no mira a los pobres, mas bien evita mirarlos. Suelen llevar una palo con un pincho, o un gancho, para poder remover bien y coger lo que quieren. Los contenedores son traicioneros y si te metes dentro por ti mismo no sales, además están sucios, aunque no mas que el pomo de una puerta de baño público.
Un hombre senegalés que empujaba un carro del Mercadona y llevaba un palo con un gancho me salvó de unas de las situaciones mas estúpidas que he vivido en toda mi vida. Me levantaba media hora antes de salir a trabajar, así que iba con bastante prisa. Muchas veces bajaba las escaleras a la calle con el casco puesto, abría el maletero de la moto y metía el bolso y la comida, y me iba a tirar la basura. El bolso con las llaves de casa, el dinero, la T10 y el DNI, entre otras cosas. Entonces cruzaba la calle y tiraba la basura. Ese día llevaba el casco en una mano, el móvil en un bolsillo y en la mano derecha, las llaves de la moto y la basura.
No era la primera vez, tengo que reconocerlo. Las llaves de la moto, que encerraban en sus tripas el bolso y el resto de mis cosas, ya habían volado a la basura junto a la bolsa en otra ocasión. Pero aquella vez el contenedor estaba vacío, hasta que llegó mi bolsa de la basura y el tintineo de mis llaves.
De repente no podía entrar en casa a coger la llave de repuesto, tampoco tenía dinero, ni identificación, ni la T10: solo el móvil, que me sirvió para explicarle a mi jefe la situación y avisar de que iba a llegar tarde. No me podía meter en el contenedor porque no se puede abrir por dentro, no pasaba nadie por la calle y, la verdad, me daba mucha vergüenza lo que me estaba pasando.
La suerte quiso que a los cinco minutos apareciera el hombre del carro y me mirase con cara de pena. Hablando no nos podíamos entender pero el me comprendió a la primera. Se acercó al contenedor y con dos movimientos rápidos sacó mis llaves. Le di las gracias con la cara roja de vergüenza, como lo hubiera hecho de tener seis años y un adulto me hubiera a recuperar el globo rojo que se escapa por despistada. Crucé el paso de cebra y saqué el bolso sin saber si tenía sentido darle dinero y cuanto; el dilema de la caridad pasó por mi cabeza pero el hombre ya se había ido. Había girado la calle tan rápidamente como yo había cruzado el paso de cebra.
Llegué al trabajo menos de diez minutos tarde. Seguía teniendo la cara roja.
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