Lemmy se ha convertido en uno mas de la familia, pero ha costado mucho. Tener un animal no humano en casa es siempre un trabajo y tiene recompensa, pero no todo el mundo está dispuesto a dedicarles el tiempo necesario.
A este diablillo lo trajo a casa Ana de la asociación Degats. Antes habíamos hablado por Facebook y correo, además de rellenar el cuestionario de adopción. Pueden parecer muchos pasos, pero la realidad es que por muy guapo que sea el gato, al cabo de un tiempo mucha gente lo vuelve a abandonar porque no se adapta o porque no es lo que pensaba.
Lemmy resultó ser un caso de abandono típico, de los de “me vuelvo a mi país y no me lo puedo llevar”, y si te lo llevas al veterinario ya no hace falta que lo vuelvas a traer, que en realidad el gato me molesta. Seguramente se portaba tan mal en su anterior casa como en la nuestra cuando llegó. Aunque nada mas entrar por la puerta se tiró al suelo a hacer croquetas, mientras Birkin se ponía nervioso en una habitación encerrado, después resultó ser un incordio. Se había acostumbrado a portarse mal como forma de recibir atención.
Dalí, como le llaron, era un gato naranja precioso, que se haría mucho mas grande en pocos meses, al que no le habían hecho nada de caso. Aquí ha aprendido que no necesita ser la encarnación del demonio para tener atención, aunque sigue siendo un rebelde. Los primeros meses fueron un infierno porque no nos dejaba dormir. Con Birkin se peleaba a todas horas y nos encontrábamos mechones de pelo naranja por toda la casa. Descubrimos que NUNCA le habían cepillado, que respondía a su nombre antiguo, que tenía unas extrañas faltas de pelo en las patas, seguramente de heridas profundas.
Pero tuvimos paciencia y ahora, casi un año mas tarde, es un gato nervioso pero normal, compañero de juegos de Birkin. Una bola de pelos naranja enorme que se deja abrazar y nos deja dormir, aunque le gusta esconderse y acecharnos, jugando.


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